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miércoles, 18 de mayo de 2016

Por el poder del gris


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La situación es delicada, los valores se están perdiendo y hoy en día es más fácil que detrás de una sonrisa amigable se escondan intereses personales. Cada vez resulta más difícil saber en quién confiar. Es un círculo vicioso en el cual una persona se aprovecha de otra, y esa otra al ver que ha sido utilizada se vuelve más egoísta y más desconfiada con los demás, creando a su vez otras personas desconfiadas.

Tampoco ayudan los medios de comunicación, donde siempre sale la imagen del éxito, la gloria, el mejor. Ya no importa cómo llegar a la cima, lo importante es llegar. Chafando a quien haga falta o haciendo trampas, no importa. No se da importancia a la integridad, al respeto o a seguir un código ético a la hora de hacer las cosas, todo se resume en: lo has conseguido o no lo has conseguido.

Es como el veneno de los dibujos animados, uno se lo toma y es capaz de contagiar a los demás. O como los vampiros. Y en medio de todo esto, en medio de un ambiente que parece hacerse más tóxico por momentos, está la pregunta del millón: ¿Qué hacemos las familias? ¿Qué le decimos a nuestros hijos? ¿Qué les enseñamos? Porque somos conscientes de que este ambiente no es bueno, que enseñar a nuestros hijos a que sean desconfiados no acaba de sentarnos bien pero enseñarles que los demás son buenos para que después se aprovechen de ellos puede ser peor. 

Lo que no cabe duda es que hay que enseñar para la sociedad en la que se vive, la realidad podría ser otra, podemos intentar cambiarla pero sin duda para hacerlo hay que convivir con lo que hay ahora para después (los que lo deseen) intentar cambiarlo. Desconfianzas, críticas, envidias, malestar, egoísmo... son sólo algunas de las cosas que nos rodean. No podemos pensar que el mundo es generoso, amigable, agradable y simpático cuando no lo es, porque si nos engañamos a nosotros mismos seremos más vulnerables.

Lo realmente valioso en estas circunstancias es vivir con los ojos abiertos, atento a lo que sucede a tu alrededor. Siendo capaz de diferenciar las malas maneras, las personas aprovechadas de las que no lo son. Ni todo es negro ni todo es blanco, aún en la noche más oscura siguen brillando las estrellas (como dicen los sobrecitos de azúcar). Quizás sea eso lo más difícil, ser capaces de diferenciar los grises. Educar para los grises. Que no se nos pase por alto lo bueno que queda en un mundo caótico o lo malo que hay cuando todo va bien. Ese es verdadero poder del que ve los grises.

* Imagen extraída de imagui.com

jueves, 10 de marzo de 2016

Vigila quién te alimenta

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¿Qué importancia tienen los medios de comunicación? ¿Da lo mismo leer una novela romántica que una apocalíptica? Si ya sabemos que la televisión manipula la información que nos da, que todo lo que pone en Internet no es verdad y que las novelas son historias inventadas; ¿aún hay peligro en escucharlos o leerlos?

Siempre es mejor empezar desde el principio, como en los cuentos, para entenderlo bien. Cuando pensamos, en general, lo hacemos utilizando palabras, como si estuviéramos hablando pero sin que se nos oiga. Hay veces en las que recordamos una sensación o imaginamos un viaje y pensamos más en imágenes. Qué bien se está notando la brisa en la orilla del mar, el olor de tu comida favorita o el sabor delicioso que tiene. 

Por otro lado tenemos al mundo que nos rodea, con muchas palabras por minuto (parece que quien más dice más razón tiene) y muchas imágenes que nos bombardean al mismo tiempo. No hay más que pasear por la calle para notarlo. Una persona contándole a otra su problema, le pide consejo y cuando le van a responder sigue contando lo angustiada que está y lo injusto que es lo que le está pasando. El último vestido que se ha comprado la reina Letizia u otra famosa, la novia del jugador de fútbol en la portada de una revista, la nueva foto de perfil del grupo wasap o el vídeo de la declaración de amor de un marido a su mujer en el altar; son ejemplos de lo que nos llega en cuestión de 3 minutos en nuestras vidas.

No es casualidad que en las guerras lo primero que se intenta controlar sea la información, la propaganda y los rumores que se extienden. Toda la información que se le da a una persona es absorbida por ella y dependiendo de sus defensas (mentales me refiero), acabará por comportarse más o menos de acuerdo a lo que le han dicho. Y aquí es donde decimos: "pero eso sólo le pasa a los tontos. Yo no soy tan tonto como para creerme todo lo que me dicen". Vamos a verlo.

¿Qué es hacer deporte? Hoy en día es muy difícil ver a alguien que practique deporte vestido con un chándal, como se hacía hace unos 20 años. Basta con salir a la calle para ver cómo de repente es casi obligatorio llevar "ropa adecuada" según el deporte que haces. Antes, con un chándal escalabas, corrías y saltabas; hoy tienes que llevar ropa específica de escalador, de runner o de atleta. Por que claro: -No es lo mismo. -¿A no? -No, porque es ropa más cómoda y más preparada para hacer ese deporte. -¿Es que ahora somos todos deportistas de élite que necesitamos ganar segundos para mejorar la marca?

¿Y de donde surge esa idea? ¿Quién nos ha metido en el coco que tengamos que ir así? Cada uno pone su granito, por supuesto las tiendas de ropa deportiva ponen el suyo con un montón de imágenes de deportistas vistiendo sus ropas. La familia de la foto que está junto a las cajas, están paseando muy felices por la montaña todos vestidos con esa marca (¿esa ropa les hace más felices porque están más preparados, no?). Esa película en la que el padre de familia atento dice: vamos hoy a la montaña. Y en la siguiente escena están pasando, todos muy bien equipados, junto a un riachuelo, entre risas de alegría. A partir de ahí cuando uno lee: "y la familia pasó un día de campo estupendo" en un libro, tiene esas imágenes en mente. 

Y así como se siembra una idea en una cabeza. La idea de que no seremos felices si no tenemos tal o cual objeto. La idea de que el amor de verdad es el del libro o el del marido que le canta a su novia en el altar. Y a mi que no me han cantado ni me hacen lo que le hacen a la protagonista del libro, pues no me quieren tanto. La idea de que soy un superdeportista de élite porque voy muy bien equipado. A bueno entonces el que tiene talento y además practica todos los días debe ser un mediocre ya que, después de todo, va vestido con un chándal.

* Imagen extraída de cloud.lib.wfu.edu

viernes, 22 de enero de 2016

Cumple tus sueños, transfórmate

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"Eres especial. No dejes que nadie te diga lo que tienes que hacer. El mundo está lleno de posibilidades por explorar y te has ganado el derecho de hacerlo. No hay límites, sólo los que te pongas tú. Todo el mundo se merece ser feliz. Si hay una persona en este mundo por la que merezca la pena luchar, una persona que te quiere con locura, que lo da todo por ti y sin pedir nada a cambio, eres tú. Ya está bien de pedir a los demás y de no recibir nada a cambio, es momento de entrar en contacto contigo, de conocerte mejor y concederte lo que deseas."

1, 5, 20 veces al día podemos llegar a recibir mensajes como estos. En anuncios, en la televisión o a través de Internet. Te sientes bien, te suben la moral y te motivan para hacer cosas. Pero ¿qué cosas? Los publicistas, que no son psicólogos pero tienen muchas ganas de conocer lo que pasa por las cabezas de la gente normal, es precisamente lo que persiguen. Con: "concédete ese capricho que tanto deseas", quieren decir: "compra mi colonia" o "mi bombón de chocolate te hará disfrutar". Sin entrar en ese tema, el de la publicidad, es importante ver cómo esos mensajes que nos llegan constantemente hacen que nos creamos lo que dicen.

Aquí nos vamos a centrar en los efectos de esos mensajes sobre la persona. No hay nada malo en creerse especial, el más guapo de la clase o la más atractiva del instituto. Especialmente cuando uno está bajo de moral esos mensajes le vienen muy bien, le ayudan a salir del pozo de la apatía y de la dejadez. Sin embargo, de repetirse más allá de lo saludable (qué saben ellos qué es lo saludable), creamos un monstruo. Nos creemos que los demás tienen que hacer lo que nosotros queramos, porque hemos de alcanzar nuestros sueños. Nos volvemos pasotas o incluso maleducados porque nadie tiene que ponernos límites. Nos creemos ese personaje.

¿Y si no fuera todo lo bueno que me creo, todo lo popular que creo que soy, todo lo atractivo que parece? Posiblemente nos falta más autocrítica y menos halagos. Es en la crítica donde conseguimos mejorar. Es la lucha por ser mejor lo que realmente nos transforma en mejores. Ese equilibrio entre sentirse bien por el halago y sentirse mal por no haberlo alcanzado. No se puede crecer entre la comodidad, son las dificultades las que nos hacen cambiar de punto de vista, mejorar. ¿Qué papel tenemos como padres? ¿Qué imagen le estamos dando a nuestros hijos? ¿Y si después de decirle que es especial un día se da cuenta de que no es más que uno más del montón, uno más que pone su granito de arena? ¿Qué pasará entonces? ¿Quién será responsable?

Como ocurrió en un colegio: "Es que el profesor de gimnasia les ha dicho que es la peor clase que ha tenido nunca", protestaba uno de los padres. Los demás hablaban sobre lo injusto que era que les dijera eso a los niños. Y un padre, el más callado de todos, dijo: "Bueno puede ser que el profesor haya exagerado, por estar ya cansado, por no encontrarse bien.... Pero puede haber otra opción... y es que realmente sea la peor clase que se ha encontrado".

* Imagen extraída de codelamarga.blogspot.com

lunes, 5 de octubre de 2015

¿Existe la justicia?


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La semana pasada mantuve una conversación muy interesante con un adolescente sobre la justicia. Son cosas que uno piensa más a esas edades, sobre el sentido de la justicia, la libertad... Algunos no tan jóvenes también se preguntan lo mismo al ver las noticias de hoy en día, pero no nos desviemos del tema. Lo sorprendente es la confianza ciega que tenemos en la justicia, se da por hecho que todo de alguna manera se ha de equilibrar. Quien ha sufrido algún revés debe ser compensado y aquel que se ha pasado de listo debe ser castigado. Porque "sino para qué está la justicia". 

Lo fascinante de trabajar con adolescentes es que suelen tener la mente abierta, tienen tanto deseo de conocer el mundo, de conocer cómo funciona la vida que están abiertos a otros puntos de vista. Conforme nos hacemos mayores, o debido al ambiente en que nos criamos, vamos cerrando posibilidades y nos vamos quedando con un puñado de respuestas que pensamos son las correctas y perdemos esa curiosidad por conocer el funcionamiento de lo que nos rodea. Damos por hecho que lo conocemos, aunque nuestros conocimientos no siempre coincidan con lo que sucede.

Retomando el tema, la conversación se desvió y nos preguntamos sobre el sentido de la justicia. ¿La justicia es algo universal o es algo que nos hemos inventado nosotros? Porque igual pensamos que es algo muy importante y resulta que nos hemos empecinado las personas en cambiar las reglas de la vida. ¿Existe una justicia animal? "Pues no, el grande se come al pequeño", esa fue la respuesta. ¿Y no será que quizá, la vida tiene otras reglas distintas a las que nos hemos inventado? Si el grande se come al pequeño o el fuerte al débil, ¿qué sentido tiene la justicia? ¿Queremos compensar ese desajuste? ¿Por qué?

Esto nos dio para un rato de conversación intentando descubrir si la justicia funciona o no, es universal o es de unos pocos, si es una forma de control, si todo aquel que lo pasa mal tiene su recompensa en esta vida... No llegamos a ninguna respuesta o mejor dicho, seguimos buscando la respuesta (que hay cosas que no se encuentran a la voz de ya). Todo esto hace que la respuesta que encontremos dirija nuestra vida. Nos impliquemos en defender lo que es justo o pasemos de largo. Es la única forma de trabajar efectivamente con adolescentes: planteándoles preguntas, entrando en su mundo y buscando las respuestas. Para esto quizá tengamos que ir por delante de ellos, no a su mismo ritmo.

lunes, 14 de septiembre de 2015

¿Volvemos siendo mejores?


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Al fin comienza una semana en la que todo vuelve a la normalidad. Aunque se dice que los hábitos se forman después de repetirlos 21 días, por algún sitio habrá que empezar. Ya llevamos 2 días de cole y comenzamos la primera semana completa. ¿Realmente sigue todo igual? Pues bueno, no exactamente. Somos más viejos, o menos jóvenes, que antes del verano eso se ve en que algunos son más altos y saben más, otros más bajos y con alguna arruga más. Volvemos al mismo sitio pero con todas las cosas que hemos aprendido este verano, para bien y para mal. Eso hace que no nos comportemos de la misma manera, algunos son más bordes, otros más receptivos. Sea como sea se abre ante nosotros una nueva oportunidad para hacer las cosas de otra manera o incluso de hacer nuevas cosas que antes no sabíamos que podíamos hacer. Es importante ser consciente de esto y no dejar pasar las oportunidades que se nos presenten.

Por nuestra parte, también aprovechamos para continuar donde lo dejamos, aprovechando nuevas posibilidades y ofreciendo una área más de trabajo, la judicial (www.cadicp.com). Donde atenderemos a jóvenes conflictivos e informes de guarda y custodia. A su vez, hemos desarrollado el programa Por ellos, destinado a las familias que están pensando en divorciarse o han detectado que sus hijos no están asimilando bien el divorcio. En cualquier caso, es una forma más de ayudar a los más pequeños para que se desarrollen de la mejor manera posible. 

Ante todo, volvemos siendo distintos
¡Ánimo para todos en este curso!

* Imagen extraída de xapurinews.blogspot.com

jueves, 11 de junio de 2015

Entendiendo los opuestos


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Ya se acerca verano y aunque aún aparece algún día lluvioso ya están aquí las deseadas vacaciones. Empieza la cuenta atrás para nuestros pequeños, la última semana en el cole. El reto para los adultos consiste en combinar trabajo y niños. 

Ya hemos conseguido establecer y mantener una rutina a lo largo de todo el curso y de repente nos enfrentamos en la recta final con el más difícil todavía. Siempre hay opciones como las escuelas de verano, los campamentos... la familia, la pareja... Ellos, los niños, han estado todo el curso haciendo cosas y de repente se encuentran en casa, sin cosas que hacer, sin actividades programadas. Los papás, intentando hacer que se distraigan y a la vez procurando no faltar a las exigencias del trabajo. Conclusión: sobrecarga.

Hay ciertas situaciones que no se pueden evitar. Como mucho podemos minimizar los daños, procurando que la situación no se vaya mucho de madre. 

Una de las cosas que nos pasa a todos es la necesidad de conseguir lo opuesto a lo que tenemos. Parece que, tal y como dice el dicho, no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Después de estar todo el curso con los días muy estructurados, sabiendo qué hay que hacer en cada momento, estamos deseando que lleguen las vacaciones para poder esconder el reloj en el cajón y hacer lo que queramos cuando nos apetezca. La sorpresa viene cuando llevamos 10 días de vacaciones y vemos que si no empezamos a organizarnos un poco acabaremos estirándonos de los pelos los unos a los otros (suerte tienen los que tengan poco o nada). 

¿Entonces en qué quedamos? Queremos hacer las cosas cuando nos venga en gana o preferimos los días en que está todo ordenado. Todo tiene su punto intermedio. No es tan importante ser fieles a una idea, de orden o de caos, como ser capaces de ver en cada momento qué necesitamos o qué necesitan los demás. Quizá haya una regla que rige todo y es que siempre es más gratificante hacer una cosa cuando hemos hecho la contraria antes. Es más agradable el descanso cuando se ha trabajado, el trabajo cuando se ha descansado, bajar después de subir, el dulce después del salado... 

¿Qué ocurre cuando hay descanso después del descanso? Agobio ¿Y cuando hay trabajo después del trabajo? Agobio. Es importante ver como cada cosa tiene su tiempo, hay momentos de relax y de trabajo. Lo que quizás ocurre es que en las películas siempre nos ponen cuando va todo bien, en sitios geniales y todos pasándolo pipa, no ponen el calor abrasador, la pelea con los deberes, los gritos y las discusiones por no encontrar el sitio que buscamos (o pasarnos un sitio de aparcamiento libre). Pero eso aunque no salga, también ocurre.


* Imagen extraída de elsonidodelahierbaelcrecer.blogspot.com

jueves, 21 de mayo de 2015

Esos tipos raros

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Querido explorador:

No estás solo. Aunque es verdad que quizás estés a cientos de kilómetros de la tribu y que nadie más se atreva a ir contigo. Quizás nunca te apreciamos lo suficiente. Pensamos de ti que eras un tipo raro y que no servías de mucho junto a nosotros por no tener una profesión clara como los demás. Los más fuertes se reían de tus músculos, enclenques a su lado. Los agricultores y ganaderos se quejaban de que no aportabas nada y de que estaban alimentando a un holgazán. Las mujeres sólo te prestaron atención cuando nos trajiste aquí, se deshacían en halagos, pero a las pocas semanas ni rastro quedó de tu encanto. Y los sabios, escuchaban todas las quejan y callaban.
Hoy recuerdo como te alejabas de nosotros y nos contemplabas desde lejos. No importaba si estábamos celebrando algo o sufriendo una calamidad; al mirarte estabas viendo a la gente, el pueblo, el valle, las montañas, el cielo... Parecía que nos veías a todos y a nadie. Y volvías, siempre volvías, callado entre tus pensamientos.
A mi siempre me pareciste raro, no sabía qué pasaba por tu cabeza y no quería creer todo lo que decían de ti. Quería entenderte.
Hoy ya son 7 los días que han pasado desde que marchaste y aquí sigue todo como siempre. Algunos aún piensan que estás aquí, otros creen que te has quedado por el camino... Y algunos andan preocupados porque parece que la comida ahora empieza a escasear.

Pero ¿no eres tú el que recorre el camino que los demás recorreremos después?
¿No eres tú el que se enfrenta en soledad a los obstáculos y allana el camino? ¿No eres tú el que anticipa lo que va a ocurrir y nos preparas para lo desconocido?
Hoy me di cuenta de tu valor, explorador. Hoy entendí tu silencio y reflexión. Hoy quisiera agradecerte en nombre de todos (aunque sabes que jamás lo harán) tu labor.


Para todos los exploradores que abren nuevos caminos aunque no sean comprendidos. 

* Imagen extraída de es.jak-y-daxter.wikia.com

jueves, 26 de febrero de 2015

¿Cuánto vale el tiempo?

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 A nadie se nos escapa que lo importante son los hechos. Conocerás más a una persona por lo que hace que por lo que dice o lo que cuenta que hizo. Con la evolución que ha tomado nuestra humanidad donde la prisa y el poder la imagen ha impregnado toda nuestra vida, al menos en el primer mundo, cada vez queda menos hueco para el poder de las ideas.

Los más tecnológicos cuidan la imagen de su perfil de wasap y demás redes sociales, toman fotos con el móvil con la correcta iluminación y enfoque o la retocan con cualquier programa para que quede excelente y responden los mensajes lo antes posible, normalmente cuando se oye el aviso o se lee. Luego tenemos combinaciones varias entre los menos interesados en lo tecnológico, algunos pasan de contestar de inmediato a los mensajes pero que cuidan la imagen que dan, a otros no les importa la imagen pero responden a todo inmediatamente para estar al día de todo cuanto acontece. Y aún quedan algunas variantes más.

Por otra parte a los niños se les pide que aprendan todo lo que se les exige desde el colegio, que no pierdan el tiempo con tonterías o preguntando cosas "absurdas", que se centren en lo importante y que sean buenos, muy buenos o excelentes (según las familias) tanto en las notas como en las actividades extraescolares. Clase-comedor-clase-actividad-deberes-cena-dormir son la rutina de más de uno.

Al final tanto adultos como niños acabamos entrando en una inercia que es difícil de parar, sin darnos cuenta establecemos una rutina en la que el tiempo esta prácticamente ocupado y cuando no lo está nos ponemos nerviosos o comenzamos a aburrirnos. No sabemos qué hacer con él. Pero el tiempo sin hacer nada, el vacío que provoca no tener una actividad programada abre una oportunidad a la reflexión y a las ideas. La creatividad se desarrolla al tener unos recursos limitados, al tener pocos juegos o estar aburrido de ellos empezamos a ver qué otras cosas podríamos hacer con ellos. Con un puzzle se monta una torre, una casa, una escalera, un escondite... o haces que llueva.

La capacidad para aprovechar las cosas de otra manera, en beneficio propio, para divertirnos o para crear una empresa viene de una idea que se ha creado en el vacío de un nada que hacer. Son las ideas las que en el fondo mueven a los actos que hacemos, su poder es enorme. Recomiendo la película Origen.

Para escapar de la inercia, para disfrutar, para hacer feliz a tu familia, para crear una empresa, para ser mejor persona, para dominar el tiempo y saber cómo eres. Tiempo y silencio para escuchar tu voz.

* Imagen extraída de moyahua.org

jueves, 11 de diciembre de 2014

¿Cuál es el precio de la libertad?


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La libertad, esa idea romántica de luchar por poder decidir lo que queremos hacer se ha reflejado en multitud de películas y novelas. Con ese aura protectora que lleva el protagonista al cual parece que no le importan los obstáculos, no tiene miedo ni dudas ya que está decidido a dar la vida por ella. Con suerte sigue vivo después de conseguirla; en la mayoría de los casos la consigue para todos los demás menos para él ya que la última flecha que el archienemigo lanzó al aire en su último aliento de vida le impacta justo en el pecho y nuestro protagonista cae, a cámara lenta y con música emotiva subiendo de volumen. ¿Quién no desearía conseguirla así?

Para el resto de nosotros no es tan fácil, y no ya porque los malos sean más o mejores que nosotros sino porque muchas veces ser más libre conlleva molestia, incomodidad o dolor para la persona que intenta alcanzarla. Esta es la otra cara de la moneda que pocas veces se muestra. ¿Cómo intentar alcanzar la libertad si me distancia de las personas a las que más quiero? ¿Cómo ser más libre si cuanto más avanzo en ese camino más triste me encuentro?

En medio del esfuerzo que hacemos por sobreponernos, por luchar contra esa parte egoísta de nosotros, por evitar la dependencia de los demás, por no ser caprichosos... no hay banda sonora ni cámara lenta, hay una lucha interna por ser mejor persona privándonos muchas veces a nosotros mismos de lo que más queremos. Una persona dependiente que se ha criado en un entorno donde no se han hecho valer sus potencialidades, cree que necesita la aprobación de otra persona para poder tomar decisiones o actuar en su vida cotidiana. Ser más libre para esta persona es ser independiente, no necesitar tanto de su entorno y ser capaz de dirigirse hacia lo que desea. Pero claro su entorno se ha acostumbrado a que es dependiente y no quieren que sea más decidid@ y autónom@; prefieren a la persona obediente que les consultaba todo antes de dar un paso. Por tanto esa persona no sólo tiene que luchar por cambiar los hábitos que adquirió desde que se crió sino que además debe tener la suficiente convicción como para seguir, a pesar de que su entorno más cercano (familiar y laboral) prefiera que siga siendo la persona de siempre.

Es un ejemplo de nuestro tiempo de lucha por la libertad y no tiene nada que ver con lo que se muestra en el cine o en los libros. Y tú, ¿cuánta angustia serías capaz de pasar por ser más libre? ¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por tu libertad?

* Imagen extraída de wasanga.com

jueves, 4 de diciembre de 2014

¿OÍMOS O ESCUCHAMOS?


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Desinterés, falta de atención, apatía y querer centrarnos sólo en nuestro mensaje dan como resultado un problema de comunicación.
¿Cuántas veces estamos hablando con alguna persona y no prestamos atención a lo que dice y repasamos mentalmente nuestras cosas? O ¿cuántas veces preguntamos y no esperamos la respuesta del otro? Casi siempre.
Nos encontramos ante dos posibles problemas en nuestra comunicación:
  1. Hablamos, nuestro interlocutor nos oye, pero no nos escucha.
Sentimos la necesidad de contar nuestras experiencias, nuestros problemas o, simplemente, queremos comunicar un hecho; pero mientras lo hacemos nuestro interlocutor está pensando en sus cosas, su problemática, sus tareas… Claro que si le preguntamos qué hemos dicho es capaz de saber qué le decimos pues su sistema auditivo está activo, pero no se presta atención al mensaje ni a otros factores que lo complementan, no se activa la comprensión… Estamos hablando con una pared.
  1. Hablamos con alguien pero no nos interesa su respuesta. El interlocutor escucha pero el hablante no quiere escuchar.
Y esto ocurre muchísimas veces también. Quedamos con alguien y entablamos una conversación… llega un punto en que proponemos un tema, una cuestión y hablamos esperando una respuesta activa de nuestro interlocutor. El problema viene cuando realmente no nos interesa esa respuesta, cuando tenemos nuestra propia solución o respuesta. Cuando nuestro interlocutor no coincide con “mi idea” dejamos de escuchar su punto de vista, su consejo o respuesta, cortamos su exposición y pretendemos llevar la conversación a nuestro terreno.
En este caso, se termina la conversación, no hay fluidez en la comunicación. No hay comunicación realmente. Es como si habláramos con un espejo, sólo nos interesa nuestro punto de vista.
Cuando vamos a la escuela nos enseñan a mantener los turnos, a responder preguntas aunque la respuesta sea errónea, a plantear cuestiones… Pero cuando llegamos a la adolescencia y la edad adulta desaprendemos estas estrategias comunicativas e imponemos nuestro mensaje ante los otros.
Al cabo del día oímos muchos mensajes, palabras, sonidos, pero ¿cuántos de estos mensajes son comprendidos? ¿Cuántos somos capaces de recordar razonadamente? ¿Cuántas veces hablamos pero no comunicamos? ¿Realmente esperamos una respuesta de nuestro interlocutor o simplemente queremos que haga/diga/piense lo que nosotros le decimos?
Convertir un acto de habla entre dos personas en un proceso comunicativo implica la habilidad de saber escuchar, de establecer un compromiso con el mensaje, con quien lo emite y quien lo recibe.
Pero no podemos quedarnos ahí y pensar que todo ya se ha desaprendido, podemos recuperar esas estrategias y favorecer la escucha activa y efectiva en nuestro día a día. Simplemente, deberíamos evitar distracciones cuando nos hablan, aprender a percatarnos de la situación emocional del hablante y mostrar interés real en qué nos están diciendo.
Debemos recordar que un proceso de comunicación implica bidireccionalidad, si primero hablamos, posteriormente pasaremos a ser los que escuchan; por lo que tanto emisor como receptor deben mantener un proceso de escucha real, activo y efectivo.
Hablar y no escuchar, es un monólogo.
 * Imagen extraída de ibermaticasb.com

viernes, 28 de noviembre de 2014

La misteriosa X

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Por no llamarle dolor, desesperación, angustia o pena. Es muy común que a todos nos haya pasado de cerca la X y por el mero hecho de existir pasaremos por ella. No hay mucha gente que se atreva a reconocerla ni siquiera cuando la ven venir y ni hablar de cuando son los niños los primeros en caer como prisioneros suyos. Habitualmente son ellos los que parece que tienen más cercanía, más interés, la tratan con mayor naturalidad pero aún a pesar de eso nos empeñamos en que vivan en la misma mentira que creemos.

Si X es algo por lo que todo el mundo va a pasar ¿por qué no informan los medios de comunicación para prepararnos? Pues porque no interesa, no por intereses políticos sino porque a las personas no nos interesa saber más de X. Lo tenemos bastante claro. Lo que a menudo no percibimos es que en el día a día con cada renuncia, con cada objeto o deseo que no podemos satisfacer, con cada situación que tenemos que aceptar aunque no la deseemos así; estamos mucho más cerca de entender a la X. Aunque queremos alejarla todo lo posible de nosotros, no reconocerla hasta que no esté lo suficientemente cerca, hay un poco de ella en cada día que pasa.

Con sentirla, con notar de alguna manera su cercanía, la mirada sobre el mundo se muestra más clara y nos ayuda a resaltar lo importante. Quizás para sentirla, para notar su presencia sea necesario pensar en ella y supone abandonar la seguridad que nos proporciona el despertarnos por la mañana o el encontrarnos con nuestra familia al llegar a casa. Por ese silencio cómplice del que participamos, no valoramos lo irrepetible de cada momento. Aunque nos veamos a diario o comamos un día a la semana juntos, no hay ningún momento pasado que se pueda cambiar ni futuro que se repita.

No hace falta estar enfermo para pensar en ella, ni deprimido ni angustiado. Forma parte de lo que somos y conforme se le va aceptando le vamos haciendo un hueco en nuestra vida como compañera de viaje. Aunque nos centremos en lo que nos quita hay muchas cosas que también nos da. Si también te va rondando por la cabeza quiero que sepas que yo también pienso en ella.

* Imagen extraída de print-ables.com

jueves, 6 de noviembre de 2014

¿Hablas o vives?


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 Llevo un par de días dándole vueltas a situaciones que vivimos continuamente. Vamos por la calle y vemos (y nos vemos) con el teléfono móvil en la mano, como un apéndice de nuestro brazo, inseparable, necesario. Se ha convertido en un fetiche, no sabemos salir de casa sin él, sentimos la necesidad de tocarlo, consultarlo continuamente para ver si tenemos llamadas, mensajes… Ya tenemos niños con móviles, niños que apenas saben hablar que conocen cómo funciona el teléfono móvil para ver fotos, para llamar...
El invento que comenzó siendo un “salvavidas” para emergencias en hospitales, el medio de “estar al tanto” de lo que pasaba en los negocios de los grandes empresarios… se ha universalizado y popularizado, y, no sólo eso, ha perdido en parte su capacidad comunicativa para centrarse en objetivos de ocio y aislamiento.
Parece una incongruencia decir que un objeto que sirve para comunicarse nos aísla, pero hemos pasado de vernos las caras para hablar con la gente, llamarles por teléfono para saber qué tal va todo, a simplemente mandar un mensaje (rara vez correctamente escrito o incluso cambiar las palabras por iconos) para dejar una señal de que “estamos conectados”. Esta necesidad de sentirse conectado es la que nos lleva a aislarnos. ¿Para qué voy a llamar a alguien o quedar con esa persona si puedo mandarle un mensaje o ver si ha revisado el teléfono últimamente? Así sabemos si estamos conectados, si nos mantenemos enterados de todo. Evitamos el contacto directo entre personas, evitamos la comunicación real y muchas veces este nuevo sistema de comunicación induce al error, al malentendido.

¿Estamos abocados a eliminar la comunicación real? ¿Necesitamos comunicarnos? ¿De verdad necesitamos sentir que sabemos todo de todos? ¿Sirve para algo el lenguaje cuando ya tenemos tanta tecnología capaz de suplirlo?
Ante la controversia histórica acerca del desarrollo del lenguaje y del pensamiento, autores de varias vertientes (innatistas, interaccionistas…) confluyen en el hecho de que el lenguaje y, por ende, la comunicación son el motor del desarrollo humano.
Por tanto, las personas sentimos necesidad de comunicarnos desde el nacimiento; a través del lloro, el balbuceo; posteriormente las palabras, las frases, los discursos, el arte, la música… Es la comunicación el hecho que nos une a las otras personas, el nexo que nos vincula a los otros por muy diversos medios. La tecnología, el teléfono móvil en este caso, constituye un vehículo para la comunicación, pero el problema actual radica en el mal uso de este artefacto.
Realmente lo que deberíamos preguntarnos es si queremos vivir siempre pegados a un auricular, pendientes en todo instante de los bombardeos informativos que corren a través de esta tecnología, de internet… sin pararnos a pensar qué sentimos, qué sienten otras personas. Lo que es más importante ¿qué queremos sentir? Un teléfono móvil de última generación (todavía) es incapaz de suplir a una persona, a su cercanía o a su viveza.
Probemos a “desenchufarnos” unas cuantas horas al día, a cambio de un poco de conversación cara a cara; intentemos centrarnos cada instante en aquello que estamos haciendo y sólo en eso, sin echar un vistazo al móvil; atrevámonos a dar sentido a nuestras palabras con la voz, con el ritmo de nuestro habla y con esas entonaciones y gesticulaciones que hacen de cada conversación un hecho nuevo y diferente.
¿Y si apagamos el móvil unas horas al día? Quizás, así, recuperemos el sentido de muchos aspectos de nuestra vida.
* Imagen extraída de ultimasnoticiasenred.com.mx

miércoles, 29 de octubre de 2014

¿Has caído ya en la tentación?

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Uno de los aspectos más importantes para nuestro funcionamiento mental son las atribuciones. Cuando conseguimos la meta que nos hemos propuesto, después de la alegría inicial hacemos una pequeña valoración del porqué la hemos conseguido. Si creemos que ha sido debido a nuestro esfuerzo personal, hacemos una atribución del mérito interna es decir, gracias a nuestra forma de actuar hemos conseguido la meta por lo que la alegría es doble. Si por el contrario creemos que lo hemos conseguido gracias a la ayuda de alguien o porque era muy fácil, hacemos una atribución del éxito externa, es decir, lo hemos conseguido porque las condiciones eran las adecuadas y no nos alegramos tanto. Lo mismo ocurre cuando fracasamos, podemos atribuirnos la causa del fracaso o culpar al ambiente de nuestro fracaso. ¿Qué importancia tiene esto para nuestro desarrollo?


Una niño que cree que los resultados que consigue se deben a las condiciones externas creerá que no sabe hacer las cosas, simplemente las consigue porque la tarea es muy sencilla, alguien le ha ayudado o ha sido cuestión de suerte. Podríamos decir que se trata de niños muy pesimistas que no creen que hagan nada bien. En el otro lado tenemos a los que piensan que cualquier logro alcanzado es fruto de su esfuerzo o por su forma de ser, incluso cuando se dan premios por sorteo o cuando un amigo consigue algo. Podríamos decir que son niños excesivamente optimistas, pero hasta aquí todo normal aunque pueden existir problemas que dificulten su correcto desarrollo.

El tema que hoy nos ocupa, es uno que afecta por igual a niños y adultos; el de la autocomplacencia. Básicamente, la persona autocomplaciente piensa que todos los logros que alcanza se debe a su capacidad, especial habilidad o destreza; mientras que responsabiliza de sus fracasos a los demás. Es decir, mientras todo me sale bien "soy el mejor", pero cuando algo se tuerce "ves, ha sido culpa tuya". No es cuestión de un día para otro que, un niño o un adulto, piense de esta manera; es una cuestión que se ha ido forjando a lo largo de muchos meses. 

Actuar de manera autocomplaciente nos va a llevar a no ver con nitidez la realidad. Al no tener una capacidad crítica para diferenciar si el problema ha sido causado por mí o por mi entorno, no vamos a ser capaces de actuar para cambiar lo que no funciona y poder así conseguir nuestro objetivo. Tampoco sabremos decir cuánto nos queda por aprender o qué cosas podríamos hacer para mejorar, porque ya somos la repera. Es la forma perfecta de engañarnos para pensar que somos los mejores y desprestigiar a los demás que son los causantes de nuestros fracasos; con lo que poco a poco nos volvemos más insoportables y más necios por perder el contacto con la realidad. Y aunque aquí dejemos el aviso, mostrarnos autocomplacientes es una tentación.


* Imagen extraída de es.paperblog.com
  

miércoles, 15 de octubre de 2014

¿Te hace falta cultura o información?

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Hasta no hace muchos años, el principal problema con que nos encontrábamos era la falta de información. El saber se concentraba en los libros y había que bucear en ellos y dedicarles bastante tiempo para poder obtener la información deseada. La otra opción pasaba, y aún pasa, por acudir a un profesional, es decir a una persona que ha profundizado en esa rama del conocimiento y sabe darte una solución al problema. Desde la invención de la imprenta no había cambiado mucho esa situación hasta la llegada de Internet.

Con la red de redes el universo de conocimiento que se abre para todos los ciudadanos conectados es enorme. Hasta entonces, los responsables de dirigir al país o los propietarios de suculentos negocios eran las personas que tenían acceso a esa información. Los labradores que trabajaban para el señor de las tierras no tenían tiempo para leer y adquirir conocimiento porque trabajaban durante todo ese tiempo. La llegada de la sociedad moderna, o lo que estos días queda de ella, y las nuevas tecnologías de la información (para los que les gustan las fechas no mucho más lejos del siglo pasado) nos permitieron ganar más derechos como personas, teniendo más tiempo liberado de trabajo; a la vez que nos ha permitido acceder a una información hasta ahora impensable.

Hasta aquí parecía que todo iba a estar solventado, jamás volveríamos a trabajar para nadie y en unas condiciones indignas. Nosotros seremos los constructores de nuestro futuro. Pero resulta que tampoco sabemos manejar ese gran abanico de posibilidades que es Internet. Mientras la mayoría dedicamos nuestro tiempo a las redes sociales, algunos lo utilizan para trabajar y sólo unos pocos aportan conocimiento valioso a la red. Pero bueno, pongamos que hoy me levanto inspirado y es un buen día para aprender algo nuevo, o que me lleva doliendo mucho la cabeza durante una semana y quiero saber si eso es grave para ir o no al médico; y me decido a buscar más información. Pongo en el buscador lo que quiero saber y me aparecen miles de resultados, sin pasar de la primera hoja consulto los 4 primeros enlaces y resulta que mi dolor de cabeza puede ser: por la tensión, por el estrés, por un tumor, por hidrocefalea, por mala alimentación, hasta por sexo insuficiente...

El reto que se presenta ya en estos días y será importante en el futuro será saber dónde buscar exactamente para encontrar información fiable con la que pueda contar. Al final va a resultar que hemos vuelto al punto de partida y que tanto la falta de información como el exceso nos ha llevado a una situación en la que nos encontramos perdidos, sin saber cómo actuar. Pueden ser tantas las causas y hay tantas maneras diferentes de hacer algo que, lo verdaderamente importante va a ser saber elegir adecuadamente. Ese es el reto de nuestra generación y el de las que aún están por venir, saber qué decisiones tomar para conseguir lo que queremos.

* Imagen extraída de mediaonline.net

jueves, 2 de octubre de 2014

¿Quién eres realmente?

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Como seres sociales que somos, construimos nuestro punto de vista a partir de conversaciones con los amigos, la familia, lo que hemos oído en la televisión o en la radio.... Necesitamos interactuar con los demás o con nuestro entorno para poder descubrir quiénes somos.

Para responder a esa pregunta, que hace unos años se hacía durante la adolescencia (hoy en día imposible de acotar en unas edades), se necesita reflexionar sobre los comportamientos propios y sobre las opiniones de los demás. Si un grupo grande de personas nos dice que somos A y nos llevamos bien con esas personas, creeremos que somos A. Especialmente si ser A es algo bueno y valioso. Pero uno se puede preguntar: ¿soy realmente como dicen o creo que soy así porque me lo repiten mucho? En ocasiones puede resultar incómodo pensar sobre esto. Pensemos por un momento en un deportista famoso y en el porqué de sus depresiones cuando se retiran. Durante mucho tiempo la mayoría de la gente que les ve les anima y les hacen sentir que soy importantes; cuando llega la retirada los admiradores desaparecen y se pasa a ser una persona anónima que hace lo que todas las demás. Probablemente siempre fue una persona más, aunque potenciada por los medios de comunicación se pensaba más importante. Entonces ¿qué creernos?

Para poder asumir una forma de ser se hacen necesarias dos condiciones: explorar y comprometernos. Una persona que se comprometa con una forma de ser (ej. ser humilde) pero no conozca a través de otras personas lo que significa ser humilde, creerá falsamente que lo es. Una persona que haya tenido muchas experiencias y haya conocido varia gente pero que no se comprometa con una forma de ser no llegará a ser adulto, pues solo se centrará en el disfrute queriendo cosas nuevas que le sorprendan. Y en el caso de no explorar el entorno y tampoco comprometernos con nada nos encontraríamos con una persona muy caprichosa que no quiere asumir un papel y ningún papel le satisface, viendo siempre el aspecto negativo a cualquier propuesta o idea; sin ajustarse nada a sus intereses y sin saber qué buscan.

Algunos pecamos de no querer conocer más cosas (nos centramos en nuestra rutina y por qué cambiar) y otros tenemos miedo a perder cosas si nos comprometemos con algo. En ocasiones si queremos avanzar tenemos que librarnos de una parte de nosotros para transformarnos en otros mejores. Si queremos crecer como personas necesitamos deshacernos de algo nuestro para acoger otras cosas que nos van a enriquecer. A no ser que nos pueda el miedo o la comodidad.

* Imagen extraída de psicocentral.com

jueves, 11 de septiembre de 2014

¿Has alcanzado el equilibrio?

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Ya han quedado atrás las vacaciones, nos incorporamos a la vida rutinaria y todo parece igual que antes. Parece que estábamos mucho mejor de vacaciones pero, ¿no es verdad que ya teníamos ganas de empezar con la rutina? Durante las vacaciones parecía que la vuelta a la normalidad iba a ser más apasionante: ver a los compañeros, ser capaz de hacer mejor las cosas en el trabajo, poder encontrar un trabajo... Cuando estoy de vacaciones o sin trabajo, quiero trabajar y cuando trabajo quiero estar de vacaciones. ¿Cómo puedo ser feliz sin volverme loco?

Habitualmente pensamos que el mejor estado es el de no hacer nada. Pero las personas somos seres activos, al que no le gusta elaborar algo con esmero le gusta compartir una buena conversación o probarse ante un nuevo desafío. Funcionamos como una balanza. Nos encanta poner energías en una dirección, ver que somos capaces de hacer cosas aunque con ello nos vamos alejando cada vez más del punto de equilibrio; de manera que si seguimos haciendo lo mismo al cabo de un tiempo se nos empieza a hacer tedioso y pesado y empezamos a necesitar el opuesto. Un poco de trabajo está bien, pero cuando ya llevo unos meses empiezo a añorar lo bien que estaba cuando estaba en casa porque no tenía un jefe tan especial que aguantar o no estaba tan agobiado con tantas tareas.

¿Entonces estamos condenados a ser infelices, a desear lo que no tenemos? La respuesta depende de cada uno, de cómo enfoquemos la vida cada uno. Podemos centrarnos en lo que no tenemos y estaremos toda la vida deseando aquello que nos falta. También podemos centrarnos en una cosa y no querer ver más allá, reducir nuestro mundo a pocas personas y a una rutina que nos dé seguridad. Pero si lo que queremos es disfrutar de la vida con todas sus posibilidades, entonces debemos mirar cada cosa con detalle. Los retos que nos ofrece un trabajo no nos lo ofrecen las vacaciones y no suele haber mucho tiempo libre para dedicarlo a aquello que quiero y me interesa mientras trabajo. 

Si somos capaces de valorar las posibilidades que nos da cada situación haremos nuestra vida mucho más llena. A veces oigo: "No sabía que la vida fuera esto, parecía más divertida cuando era pequeño". Precisamente por eso, por si la vida no fuera más que todos estos momentos, apreciémoslos porque en cualquier momento pueden no repetirse.

* Imagen extraída de tuttogreen.it

jueves, 10 de julio de 2014

Cómo hacer para que el verano no sea un infierno



Ya estamos en época de vacaciones, los que no están disfrutando de ellas lo estarán en breve. Los últimos días de trabajo se hacen especialmente largos y empezamos a tener ganas de cambiar de rutina. Pero ojo, las tan deseadas vacaciones pueden convertirse en un infierno. La otra cara del verano también está presente.

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No somos conscientes de la influencia que tiene la televisión sobre nosotros hasta que no pensamos sobre ello. Al hablar de verano nos viene a la cabeza esa playa paradisíaca, con bebida refrescante, sin prisas, con el calor justo (ese que no te hace sudar pero te permite estar moreno)... Todos tenemos una idea bastante parecida de las vacaciones, un período de descanso en el que hacer otras cosas y disfrutar. ¿Es real todo eso?

Si queremos disfrutar de nuestro descanso es importante contar con algunas cosas que nos pueden pasar. ¿Qué pasa si no tengo ningún plan? Muchas preocupaciones vienen por el hecho de que esperamos que sea un verano ideal, en el que las cosas surgen solas, sin planificar. También es necesario dedicarle unos minutos a estructurar mínimamente qué hacer en verano, a grandes rasgos (pasaré 4 días en la playa, también quiero pasar tiempo con mi familia y amigos y no me quiero perder la lluvia de estrellas de agosto, por ejemplo). No es necesario tener detallado todo pero sí hacerse una idea de qué cosas hacer para que ese tiempo sea más satisfactorio.

"Es estar de vacaciones y empezar a discutir". Aunque no aparece este aspecto en nuestra imagen de vacaciones ideales, suele pasar que al estar más tiempo en contacto con la pareja, hijos, familia o amigos surjan más discusiones. En el ritmo de vida habitual no se pasa tanto tiempo juntos y las habilidades para relacionarnos se resienten al llevar un ritmo de vida más individual. De repente nos vemos con menos paciencia o saturados por estar tanto tiempo juntos. Bueno, el calor tampoco ayuda, pero es interesante saber que esos malentendidos son normales y que se abre una oportunidad de conocernos mejor.

Y por último, es tiempo de hacer cosas diferentes. De poner los 5 sentidos en cada cosa que se hace y cambiar nuestra forma de comportarnos. En la medida en que rompemos nuestros esquemas de comportamiento diario somos capaces de sacarle más partido a este período. El gran enemigo son los móviles, tablets y demás, estamos tan acostumbrados a compartirlo todo que se nos escapan los días conectados. En el fondo, acabamos echando de menos volver a la rutina para seguir conectados con compañeros y responsables. Cuando en realidad el verano es una oportunidad para ser otra persona, para hacernos diferentes.

* Imagen extraída de wallsave.com

jueves, 3 de julio de 2014

Vestimos como pensamos


La prensa se ha hecho eco de un interesante estudio sobre los efectos que tiene la ropa sobre nosotros. Parece ser que no da lo mismo cómo vayamos vestidos, el significado que tiene la ropa que elegimos nos afecta directamente. Hay diferencias más importantes de lo que creemos entre vestir en tonos naturales y llevar una camiseta de dibujos divertidos.

Lo que se hizo fue pedir a unos jóvenes que dijeran cuánto peso creían que podían levantar. Unos iban vestidos como siempre y a los otros se les pidió que vistieran una camiseta con el símbolo de superman. Pues bien los que vestían como superman creían que podían levantar más peso de lo que realmente podían. De alguna manera al vestir como el superhéroe, reconocido por su fuerza, creían que realmente eran más fuertes. Le transmitían ese superpoder. Es un efecto claro de cómo los pensamientos cambian nuestra forma de actuar. Es el mismo efecto que produce el ponernos una bata blanca, las personas se sienten más predispuestas a escuchar y se creen que saben más al vestirla. Porque todos asociamos esa prenda a esos valores: conocimiento, seguridad en uno mismo, capacidad para saber el problema y ofrecer una solución. Y cuando la vestimos actuamos en relación a ellos.

Lo mismo que nos pasaba con google hace unas semanas, es lo que ocurre ahora. No es que realmente seamos más fuertes o más inteligentes, sino que tenemos la sensación de ser así. Es una forma de tener una ayuda extra. Si en esos días en que estamos más estresados vestimos con ropa de colores naturales y suelta, de alguna manera dejamos de encontrarnos tan angustiados.

Esto da pie a muchas preguntas, entonces ¿por qué muchas personas visten igual? ¿Vestir igual significa que pensamos igual? ¿Si pensamos igual somos iguales? Es evidente que todo tiene unos matices. Cuando vamos a comprar no elegimos la ropa por casualidad sino la que más nos atrae, y dentro de los modelos que nos atraen cada uno elige un color u otro. Eso es un reflejo perfecto de lo que sucede con nuestros pensamientos, podemos pensar muy parecido en algunas cosas pero al hablar de ellas cada uno hace hincapié en unos detalles. Es tan común compartir el 100% de un punto de vista como lo es el elegir la misma prenda y color.

Al menos sabemos que podemos recurrir a la ropa cuando nos falle el ánimo. Los días en que no encontremos sin energías son los perfectos para ponerse guap@s, vestirse con esmero y salir a la calle predispuestos a hacerle frente al día. Porque no va a poder con nosotros.

Imágenes extraídas de vestidosparaunafiesta.blogspot.com.es

jueves, 19 de junio de 2014

El efecto Google

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Esta entrada es una alerta para todos los amantes de google. Según las últimas investigaciones usar Google nos hace más tontos de lo que pensamos. Siempre hay detractores y defensores del uso de las nuevas tecnologías, pero veamos qué sucede con el uso continuado de buscadores como Google.

Partimos de la base de que nos invitan a una boda. De toda la información que nos dan únicamente nos quedamos con un trozo, unos recuerdan muy bien la dirección y saben cómo llegar, otros ya tienen claro el regalo a hacer, otros saben cómo vestir mejor para el evento... Y toda esta información se dispersa entre el grupo de amigos, Vanesa conoce sitios donde hay ropa elegante a buen precio, José sabe llegar a cualquier lugar, etc. Aunque nos lo expliquen olvidamos completamente la dirección, cómo llegar o la tienda de los trajes a buen precio. Lo que sí que memorizamos es quién tiene esa información. De tal manera que nosotros sabemos, dentro del grupo de amigos, a quién acudir para obtener las respuestas. Sabemos identificar qué información tiene cada uno.

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Es cierto que desde unos años hacia esta parte, estamos dejando de lado esta forma de relacionarnos a consecuencia de la llegada de smartphones con acceso a internet. Por tanto ya no es necesario recordar quién tiene esa información porque sabemos que google la tiene toda. Es uno de los aspectos que influye en que cada vez seamos más individualistas y menos sociales. Pero bueno podemos pensar que, dentro de lo que cabe, lo que hacemos es dejar la memoria libre, realmente memorizamos la información que es importante y la que no, la dejamos para que google nos la encuentre.

Resulta que se hace el siguiente experimento: se les hace una pregunta más o menos complicada a dos grupos de personas. El primer grupo puede consultar en internet la respuesta y el segundo no. Aunque la respuesta no sea buena se les dice a los dos grupos que han acertado y lo han hecho genial. Pues bien lo interesante es que en el grupo que ha respondido gracias a internet se sienten más inteligentes que en el otro. Es decir a pesar de que han tenido que buscar la información piensan que son más capaces.

Esto puede ser una arma de doble filo, estamos tan integrados con lo tecnológico que pensamos que los logros de internet son nuestros logros. Es fundamental saber diferenciar entre lo que sabemos y lo que no, en qué somos buenos y en qué debemos mejorar para poder progresar como personas. Es fundamental no caer en el autoengaño.

Quién sabe si dentro de unos años no acabaremos como los romanos, que al volver de una campaña militar exitosa, en los desfiles pagaban a una persona para que les recordaran que eran humanos y que también iban a morir ( la famosa frase memento mori), pese a todo el éxito y la adoración que recibían. A la vista de estos resultados, quizás acabemos contratando a alguien para que nos recuerde que somos más tontos de lo que parece.

* Imagen extraída de serdigital.cl
** Imagen extraída de tomasenlinea.com

jueves, 12 de junio de 2014

Una pequeña provocación


Lo más duro de todos estos años de crisis, es el cambio al que se ven obligadas las personas. Aunque suene increíble hay muchos menos casos de enfermedades originadas por la crisis, incluida la depresión, que personas angustiadas por ella. Algunos confiesan: "Me gustaría saber que tengo algo, que hay algo que no funciona o algo que hago mal". 

Cuando sabemos que tenemos un problema, buscamos la solución y una vez empezado el tratamiento comenzamos a sentirnos mejor. Pero, ¿qué pasa cuando no hay nada alterado? Pues que el problema está en cómo tenemos enfocada nuestra vida. Para dejar de sentir esa angustia no hay medicamentos, es necesario hacer un balance de todo lo que nos ha ocurrido hasta la fecha y replantearnos las cosas de nuevo. Es el efecto más destructivo que ha tenido la crisis, aunque también es una oportunidad para volver a empezar.

Así lo reflejan nuestras expresiones: "es un poco veleta", "llevo toda la vida siendo así y ahora no me vas a cambiar". No queremos cambiar y esa es la base del problema. Pensamos que si cambiamos dejamos de ser nosotros mismos, perdemos nuestra esencia, y nos resistimos a hacer las cosas desde otra perspectiva por miedo a perder nuestra identidad. Si cambias las ruedas del coche cuando están desgastadas, ¿por qué no cambias esa forma de actuar que no te soluciona el problema? Porque si cambio ya no soy yo. Ese es el reto, asumir que aunque cambies sigues siendo tú.

Hasta que no pasa un tiempo desde el cambio no nos damos cuenta de lo equivocados que estábamos antes. Parece que sea una provocación, nos está diciendo: ¡Haced las cosas de otra manera! 
Hoy es un buen día para cambiar una cosa que siempre has estado haciendo y ver qué sucede. Porque igual sale mal -y ves que es mejor no hacerlo-, igual sale bien -y ves que merece la pena el cambio-, o igual no pasa nada -y te puedes permitir el lujo de hacerlo las veces que quieras porque a los demás les da lo mismo-. Ahora es tu turno.


Imagen extraída de poetdeath.com