Lo más duro de todos estos años de crisis, es el cambio al que se ven obligadas las personas. Aunque suene increíble hay muchos menos casos de enfermedades originadas por la crisis, incluida la depresión, que personas angustiadas por ella. Algunos confiesan: "Me gustaría saber que tengo algo, que hay algo que no funciona o algo que hago mal".
Cuando sabemos que tenemos un problema, buscamos la solución y una vez empezado el tratamiento comenzamos a sentirnos mejor. Pero, ¿qué pasa cuando no hay nada alterado? Pues que el problema está en cómo tenemos enfocada nuestra vida. Para dejar de sentir esa angustia no hay medicamentos, es necesario hacer un balance de todo lo que nos ha ocurrido hasta la fecha y replantearnos las cosas de nuevo. Es el efecto más destructivo que ha tenido la crisis, aunque también es una oportunidad para volver a empezar.
Así lo reflejan nuestras expresiones: "es un poco veleta", "llevo toda la vida siendo así y ahora no me vas a cambiar". No queremos cambiar y esa es la base del problema. Pensamos que si cambiamos dejamos de ser nosotros mismos, perdemos nuestra esencia, y nos resistimos a hacer las cosas desde otra perspectiva por miedo a perder nuestra identidad. Si cambias las ruedas del coche cuando están desgastadas, ¿por qué no cambias esa forma de actuar que no te soluciona el problema? Porque si cambio ya no soy yo. Ese es el reto, asumir que aunque cambies sigues siendo tú.
Hasta que no pasa un tiempo desde el cambio no nos damos cuenta de lo equivocados que estábamos antes. Parece que sea una provocación, nos está diciendo: ¡Haced las cosas de otra manera!
Hoy es un buen día para cambiar una cosa que siempre has estado haciendo y ver qué sucede. Porque igual sale mal -y ves que es mejor no hacerlo-, igual sale bien -y ves que merece la pena el cambio-, o igual no pasa nada -y te puedes permitir el lujo de hacerlo las veces que quieras porque a los demás les da lo mismo-. Ahora es tu turno.
Imagen extraída de poetdeath.com

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